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cuentos de otros


23 Jun

adriaen van ostade - el maestro de escuelacuento de una novela (fragmento)

La escuela huele a leña seca; las tablas del suelo, grises durante el invierno, parecen reverdecer de pronto, brillantes en las zonas de paso. Es abril, el primer día, la primera semana. El maestro está sentado en su mesa mientras espera; como de costumbre, tiene un libro abierto entre las manos. Las risas infantiles y el latido de la madera bajo las pisadas alcanzan la tarima y lo envuelven como un aura. Los niños se apresuran entre los pupitres, estorbándose para ocupar sus puestos. El maestro finge severidad mientras observa, feliz en su interior, cómo se va apaciguando el alboroto que inicia la jornada.

Quedan sitios libres ahora: la clase ha perdido alumnos, entre los mayores sobre todo. Ésos ya no volverán ni serán relevados por los que vengan de fuera, tampoco tres de los pequeños. El maestro se obliga a contar uno por uno los huecos vacíos, lo hace despacio, como si fueran heridas abiertas en su propio cuerpo: siente el aire frío pasar y demorarse a través de ellas, escucha sus voces todavía, dice sus nombres, los recuerda a todos. No se lamenta, no cree tener ese derecho: en realidad, el lugar nunca ha estado en disputa, las bajas han sido muy pocas comparadas con las sufridas por otros pueblos. (más…)

markham


19 Jul

markham

(En Londres; en Tabernacle; dormitorio; noche; él, pronto memoria de ella: el intruso profana las tablas a tiempo de contemplar el sacrificio; el hacedor se incorpora, concluye la escena, el acto prosigue; hasta el fin no habrá descanso.)

Se atrevió a remover el agua de mi estanque.

 

Subió a la acera y se amparó junto a los edificios. Entorpecido el esplendor de la luna, la sombra desapareció. El intruso tomó aliento, su mano se relajó sobre el metal.
Avanzó: Farringdon al fondo, en breve el ferrocarril y Aldersgate, y… Se detuvo, inquieto… Quizá… Pero no: imposible.
El intruso empuñó el revólver: dio varios pasos mientras escuchaba.
En las estribaciones del siguiente cruce, nítida, la sombra regresó.
A su espalda, más atrás, la réplica ominosa de su propio caminar.
El intruso tensó los músculos.
La réplica progresó.
El intruso crispó el dedo sobre el gatillo.
Múltiple, su sombra se bifurcó entonces a sus pies.
Y a su espalda, tan cerca.
Tardó apenas en volverse, esgrimiendo el arma.
(más…)

josé mª menéndez

porque leer es un arte…