no es esto, no es esto

11 Mar

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de lo que viene siendo

no es esto, no es esto

La frase de Ortega suma más de ocho décadas. Tituló la segunda república, el aliento sanguinario de quienes la convirtieron en secta. Hoy cuadra de largo. Desalojar por la fuerza un parlamento infectado de ladrones, colocando en su lugar a una turba de déspotas, es un signo de barbarie. Hacerlo mediante sufragio popular, es la consecuencia de un pueblo de ignorantes, ensoberbecidos porque hasta el menos racional de sus miembros posee un título de grado, una licencia federativa o un carnet de bolera.

La codicia de unos cuantos no se resuelve con el odio de millares. El hambre y la pobreza impiden ocuparse de otra cosa que no sea ponerles remedio. Nadie piensa más en el dinero que quien no lo tiene, como nadie piensa más en hartarse de pasteles que quien siente el estómago vacío a todas horas. Por lo mismo, una sociedad que cree poder reducir sus ratios criminales encomendándose a un batallón de sicarios es una sociedad profundamente enferma y será, tarde o temprano, un circo de esclavos.

No caben excepciones. Ningún estado de ánimo, por dramático que nos parezca, justifica envilecer el parlamento de una cultura milenaria eligiendo representantes entre bandas de adolescentes aviejados, falsos libertadores sin recuerdos ni creencias, incapaces de construir de otro modo que no sea sobre el estrago y la execración en masa, conjurados contra toda forma de conciencia y decididos a imponer un gobierno de infames enterrando la responsabilidad individual bajo clamores de asamblea.

Espanta contemplar a esa raza de predicadores y sus maneras de primates. Agitan bebés al aire como quien sacude alfombras por la ventana, secretan en cualquier parte cualquier cosa, se hocican para saludarse en un festín de babas y poco tardarán en introducirse un dedo en el culo y darlo a oler como seña identitaria. Son el rencor, la prueba más evidente de nuestra infamia. Son la bestia carroñera en que invariablemente nos convertimos después de fracasar una y otra vez en el arte noble de la caza.

Hablan de pobreza quienes nacieron en la paz de la opulencia. Adoran la renuncia, aunque poseen mucho más de lo que comprenden o desean. Maldicen el pasado, pero fue precisamente ese pasado quien soñó con su existencia. Nunca dirán: «levántate, crea, mejora», prefieren: «resiste, quita, reparte». Su discurso es el remoto culto de la envidia: «seréis como ellos, tenéis derecho». Su afán es un infierno de semejantes donde ninguno de sus miembros puede soñar siquiera con ser algo peor o incluso nada.

Escuchad como prometen cualquier cosa ante cualquiera: la mentira es su lema, la vida de nadie vale un céntimo si se interpone entre ellos y la causa. Profesan el fervor de las ratas, merodean ocultos o asaltan en manadas. Su aspecto ilegible os dirá cuánto se desprecian, el grado en que los asquea la propia existencia y la necesidad de propagar su rabia. Viven como muertos, la desolación es el único lugar donde se sienten cómodos. Lo infectan todo. Y al final, no desean nada porque no saben hacer nada.

Celebran a los violentos, a los pobres, a los criminales. En realidad, les importan un bledo o los desprecian. Si los veis combatir por apropiarse del reino de la miseria, es porque sólo en la miseria su discurso tiene causa. Y harán lo que sea por mantenerla estable. No seáis vulgares. Si os tienta el suicidio, existen métodos más elegantes que el de someterse al juicio de una secta de psicópatas con ínfulas de aparecidos. Hay grandeza en saber quitarse de en medio sin salpicar a los que desean quedarse.

Las parafilias sexuales y los engendros públicos se equivalen. Los tiranos y los violadores imponen su voluntad por la fuerza, pero los populismos, como la prostitución, se eligen sin más causa. La plaza sagrada del debate rige por igual protocolos de elegancia y de respeto. No se supera un adulterio recurriendo a una legión de fulanas. Si vuestros representantes os roban, echadlos, pero no arruinéis la institución entregándosela a los saqueadores con el argumento de que os ha defraudado o ya no es apta.

Ésos de quienes ahora renegáis ¿no fueron entonces de los vuestros, no os abrazasteis a ellos, no los elegisteis persuadidos de que harían reales vuestros sueños? En democracia, los vicios y las virtudes de la clase política que representa a un pueblo son también los vicios y las virtudes de ese pueblo. Si en algún momento su conducta os avergüenza, dejad de buscar culpables y empezad a pensar que ese rostro deformado que contempláis al frente de las instituciones quizá sólo sea el de vuestro reflejo.

© 2016, jotamml

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…