el escritor de memoria

11 Feb

los zapatos negros

   Cuando niño, me internaron en un colegio. Por rebelde, por travieso, culpas que no entendía. Una mañana, durante el recreo, me avisaron de que mi madre me esperaba en el pasillo interior, junto a las aulas, un pasillo largo, de treinta o cuarenta metros. Corrí hacia ella: me besó, me sonrió, me traía unos zapatos nuevos. Eran negros, sin cordones, con suela de goma gruesa y una trabilla de piel del mismo color, recortada y cruzada sobre el empeine de cuero. Me los puso y se llevó los viejos. Pasé el resto del día caminando como si una alfombra espesa me precediera sobre el suelo.

   Aquella noche, después de cepillarlos, dormí abrazado a ellos. Me preocupaba que el color negro se desvaneciese por el roce de las pistas de cemento, o que los tacos de la suela se desgastaran hasta dejar el cosido expuesto. Entonces tenía ocho años, pero creo que aún hoy podría reconocer a ojos ciegos su forma, el relieve de la goma y el olor del betún ya seco. Habría más zapatos, más visitas, incluso algún regalo, pero no sé por qué esa noche se me quedó grabada por encima de todas las que siguieron.

   Miro ahora el recuerdo de aquel niño y echo de menos su inocencia, el sentimiento de gratitud y a la vez de desamparo con que se durmió abrazando los zapatos contra el pecho. Me quedo a su lado pensando algún modo de protegerlo. Quisiera poder acercarme y susurrarle que todo va a ir bien, que no está allí por nada malo que haya hecho, que es cuestión de poco tiempo el que las cosas vuelvan a ser como antes de su encierro.

   A veces, la sensación es tan real, que creo que podría tocarlo con sólo acercarme un poco y extender despacio los dedos. Pero no me atrevo: no es cierto que todo vaya a terminar pronto, ni lo es que sea fácil lo que le espera; tampoco estoy seguro, si lo despierto y me reconoce, de que le guste lo que he acabado haciendo con su soledad y con su miedo.

 

© jotamml, el escritor de memoria

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…