libro de la pausa

08 Mar

la trampa ll

   —Síndrome de Estocolmo; caso claro, diría.
   —¿Pero no era trastorno de identidad?…
   —Eso se me ocurrió el mes pasado. Por otra parte, no son diagnósticos excluyentes.
   —No entendemos nada.
   Gregorio agitó ligeramente las manos con las palmas hacia dentro, como quitándole importancia.
   —Pero no hay nada que entender, es decir, no como la protagonista de La esfinge sin secreto.
   —¿Wilde?
   —Wilde, por supuesto. Lo recordarás: una mujer que acude inopinadamente a un estudio en alquiler, lejos de su domicilio, siempre el mismo y siempre a la misma hora, una o dos veces por semana. Cualquiera imaginaría cualquier cosa, una intriga, algún negocio oscuro, un amante, ¿quién sabe?… Nada de eso; y en resumidas cuentas, nada de nada: va allí como quien finge una vida de la que carece, va allí para aparentar ante el mundo que quizá esconde algún secreto; pero, sobre todo, va para procurarse a sí misma la ilusión de que ese secreto es real, que puede llegar a serlo con sólo el concurso de su deseo.
   —¿Y qué con eso?
   —¿Pero cómo que qué? Querido amigo, a veces, pareces tonto…
   Desplegó los brazos, ecuménico; uno de tantos entre sus gestos, acaso el más común. No se trataba de una grosería: Gregorio poseía una educación exquisita, y cuando ni con eso alcanzaba, echaba mano de un sentido del humor tan capaz de sobreponerse a una situación, por extraordinaria que se mostrase, como corrosivo, siempre al límite de granjearle un enemigo. Con el tiempo y la amistad, habíamos acabado por reconocer que sus excesos verbales eran sólo manifestaciones de impaciencia, el modo en que expresaba su disgusto cuando no lograba hacerse entender o no éramos capaces de seguirle en el curso de sus razonamientos. Y así, cada vez que parecía haber perdido las formas, lo cierto es que simplemente estaba intentando decirnos “vamos, ven y mira”.
    —Me dirás que no lo ves…
    —No lo vemos.
—Pero está meridianamente claro: un ejemplo ideal de alguien que es complicado sin ser interesante.
   Esta vez abrimos nosotros los brazos.
    —Si te refieres a la misma persona que en la ocasión anterior…
   —Naturalmente que es la misma persona.
   —Bien, pero entonces mencionaste la inteligencia como uno de sus signos distintivos más notables; ahora, por el contrario, hablas de una máscara, de una impostura, la presentas como una esfinge sin secreto.
   —No son excluyentes.
   —¿Pero cómo no van a serlo?
   —Alguien inteligente puede convertirse en un completo idiota, de la misma manera que un culturista puede convertirse en un montón de carne amorfa. Aún peor: la falta de práctica perjudica más a la inteligencia que la falta de ejercicio a los músculos. En ambos casos, consumado el abandono, siempre queda una pátina, un tono general que mantiene la compostura. Esa pátina o ese tono se revelan igual que un traje bien cortado: en la media distancia, sin entrar en detalle, puede resultar convincente. Pero sólo en la media distancia: de cerca, en cuanto el traje es apartado, en un caso descubrimos las formas vencidas, ocultas bajo el armazón de guata y entretela; en el otro, a poco que crucemos palabra con esa mente ahora sin sustento, surgen incontenibles las ideas de todo el mundo en sus versiones más vulgares.
   —Y con eso pretendes decirnos que…
   Gregorio sonrió, travieso.
   —Con eso quiero decir que esa persona es idiota, que no lo era, pero que lo es, que escogió serlo de un modo y con una intensidad como sólo alguien inteligente puede llevar a término.
    —Entiendo.
   —No, qué vas a entenderlo. No estoy hablando de una idiotez orgánica, innata, o sancta simplicitas!; me refiero más bien a esa clase de idiotez artificial, fomentada desde la reflexión; una idiotez que, además, es maligna, tiene necesariamente que serlo porque es consciente de sí misma, fue una elección entonces como es un estilo de vida ahora.
   —De modo que…
   —De modo que nos encontramos ante una persona inteligente que ha renunciado al desarrollo de sus aptitudes intelectuales. Esa renuncia la convierte en alguien de personalidad terriblemente tóxica; todas las renuncias lo hacen, transforman a sus protagonistas en sombras ponzoñosas. Aquí se trata de esa rara clase de idiota que sabe que lo es porque ha elegido serlo, no porque un dios indiferente lo haya estigmatizado, un poco como el asesino a sueldo, cuyo salario, percibido tras cada crimen, invariablemente le recuerda su condición y su destino.
   —Me he vuelto a perder.
   —Un árbol no sabe que es un árbol; en consecuencia, nunca podrá fingirse otra cosa, ni siquiera se le alcanza representarse tal posibilidad. Se trata, pues, de un ente previsible: un somero estudio de su modo de producirse nos lo revela tan inofensivo como el aire que respiramos. Ahora bien, si tuviera conciencia de sí mismo y de su condición, con seguridad, sus primeros pensamientos tendrían que ver con enmascarar sus debilidades o, en su caso, proveerse de armas contra sus depredadores. Un idiota que no sabe que lo es resulta tan poco inquietante como un canto rodado en el camino, e igual de molesto. Por otra parte, quien, poseyendo inteligencia, escoge la estupidez, tarde o temprano se convertirá en una de las alimañas más peligrosas con que te puedas topar: alguien con el capital de un mendigo y las ínfulas de un príncipe: se conduce como el primero, pero se cree con el derecho a ser tratado como el segundo. Para lograrlo, finge; unas veces con un traje de buen corte (las ideas de todo el mundo) y otras con una máscara de cordialidad e integración (en sus versiones más vulgares). Ahora bien, en el momento en que sospeche que ni su máscara ni su traje son lo suficientemente eficaces contigo, pasarás a convertirte en su objetivo principal. Y entonces hará todo lo posible por destruirte.
   —Es decir, si no hemos entendido mal, que lo que empieza siendo un trastorno de personalidad por algún tipo de trauma acaecido durante la infancia puede degenerar en una suerte de psicopatía…
   —Sí. Y no.
   —Oh, sin duda, eso pensábamos nosotros también.
   —Ahórrate la ironía. Digo sí, porque esa mutación de que hablas se verifica tal cual. No, porque no es invariable ni es lineal; es decir, lo primero no conduce necesariamente a lo segundo. O por expresarlo más claramente, una cosa es el daño que nos hacen, y otra muy diferente, y por regla general mucho peor, el daño que nosotros nos hacemos con el daño que otros nos hicieron.
   —Bonito trabalenguas.
   —El idioma tiene sus limitaciones.
  —¿Seguro?
   Gregorio sonrió.
   —Digamos que no se me ocurre cómo superarlas. ¿Contento?
   Devolvimos la sonrisa. Gregorio dio un sorbo al café y se echó ligeramente hacia atrás, contra el respaldo de la silla. Cruzó los brazos sobre el pecho y continuó:
   —La vida es extraña. Y la inteligencia, que la explica y la contiene, es más extraña aún: reacciona de forma insospechada ante el dolor, especialmente durante su período de formación. En la madurez, una experiencia desagradable con el fuego nos vuelve precavidos, pero si ese mismo incidente tiene lugar en cualquier momento de la infancia, la víctima puede evolucionar de mil maneras diferentes, y una de ellas acaso sea la de convertirse en una especie de pope flamígero, un mesías de la cremación y de sus arrebatos, un pirómano. Sustituye fuego por lo que se te ocurra y verás claro como el día lo que quiero decir.
   —Supongo que me interesa más a dónde quieres ir a parar…
   —Imagina entonces el abuso de que hablamos la ocasión anterior, infligido por alguien muy cercano, un familiar, un ser querido. Imagina ahora el peor de los escenarios posibles: que ese abuso provocase placer en la víctima, un placer incomprensible, instintivamente repulsivo, pero afectivamente deseable, tanto como pueda serlo el cariño de un padre. Imagínate ahora crecer en ese infierno contradictorio de éxtasis y barbarie, sin capacidad ni recursos intelectuales para protegerte, aunque sólo fuera poniendo nombre a cada acto repugnante. Imagínate una mente infantil que establece día a día nuevas conexiones neuronales sobre la base de esa infamia repetida, una mente abocada a amar a aquel cuyas caricias la prostituyen, la profanan, la envenenan. Imagínate su evolución, su pubertad, su adolescencia, sus primeras relaciones… Imagínala ahora, en la madurez. Imagina su rostro. ¿No puedes?… Imagina su máscara.

© jotamml, libro de la pausa

 

Tags: , , , , , , , ,

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.

josé mª menéndez

porque leer es un arte…