libro de la pausa

01 Mar

locurala conjura de los treinta y seis (fragmento)

—La oferta, los treinta y seis… Cuando uno llega a esa clase de formulaciones, uno interioriza que lo mismo importa aquello como su contrario, de modo que uno valora las propuestas por lo que tienen de sugestivas, disparatadas si lo prefiere, no por su entraña ética o por su trascendencia, y ni siquiera por los beneficios que puedan reportarle.

—¿Qué oferta? ¿Qué?…

—Usted sabe.

—¿Yo?…

—Uno es escritor o cualquier otra cosa semejante, ya le dije; uno cree que debe configurar sus actos a la medida de su razón estética; uno apuesta porque esa es la materia de la que está hecho; de ahí que uno emplee todo su… —y abrió los brazos con el ademán de quien da un tema por agotado—: Pero sobre esto ya hablamos: de la luz que ciega, de la caída, de que muy pocos se incorporan… Usted ya sabe…

—Sí…, pero…

—En ese nuevo camino, no existen referencias… Se aceptan normas absurdas, se toman decisiones fuera de la lógica. Pronto el ánimo desfallece y uno se impacienta; y al hacerlo, comete errores, mínimas derivas que, sumadas, lo alejan todavía más de su objetivo. Al principio, no importa: el tiempo parece inmóvil y la voluntad resiste sin mostrar signos de fatiga; igual que adolescentes, creemos que es posible empezar siempre, que aquellos retos que abandonamos al poco de iniciados carecen de relevancia y de consecuencias. Un día, sin embargo, sucede algo, la cosa más vulgar, un apunte que desborda nuestras fuerzas. Uno sabe entonces que no va a lograrlo, y que si lo logra, ni él ni lo que sea que haya creado o vaya a crear serán contemporáneos. Después de todo, uno es humano, sueña con estar presente cuando su obra se manifieste: quiere saber si ha valido la pena… No se trata del aquí y el ahora de los impostores y los arribistas; es más sutil, guarda relación con el conocimiento y la ira, es como si esa hormiga del principio, fascinada por la desobediencia, justo cuando cree estar a punto de contrastar sus teorías, no importa cuáles sean, descubre que también ella es un suceso menor, el entretenimiento de un ente aburrido, algo o alguien ocupado en justificar su existencia estorbando la ajena.

—Pero uno debe ser fiel a su propia naturaleza —recordé, aunque todavía débilmente—. Creo…, usted mismo dijo…

—Sí, supongo que entonces lo dije…, y supongo que con igual convicción con que ahora le diría que todo afán de esa especie es semejante al desplegado por un insecto, y que el entusiasmo que genera sirve igual como placebo que permite sobrellevar el esfuerzo a quienes lo realizan que como bálsamo para reprimir la crueldad de aquellos que lo contemplan. Vea el hormiguero de que hablamos: consumada la injerencia, cuanto mayor sea el caos promovido y más aparatoso resulte el espectáculo, menores son las posibilidades de que todo termine pisoteado. En otras palabras, si la interpretación es lo suficientemente desgarrada, cabe indultar a los protagonistas hasta la próxima escena. Uno acaba asumiendo eso, que no importa en absoluto la calidad de la obra que representa, sino sólo el grado de humillación que está dispuesto a tolerar con tal de ser tenido en cuenta. Uno siente entonces que la rabia y el dolor se multiplican; incluso las ideas nacen a sabiendas de su destino en el barro; ya no se ama, y la imaginación sucumbe en un estado donde cualquier proyecto se reviste con la estética del desaliento. Como cabría esperar, uno se venga, o lo intenta. Después, cuando descubre que tampoco le será dado ese consuelo, uno empieza a buscar fuera de sí, lejos de lo que es o ahogándose en ello. Por descontado que fracasará de nuevo: los pocos rebeldes capaces de ver más allá que el resto vagan eternamente entre los espejismos de la belleza mientras tratan de dominar sus miedos; sueñan la perfección y se desangran por ella, pero la perfección es precisamente eso, un sueño, y el universo no tolera la existencia de mundos paralelos, no asigna recursos a sus creadores, no tiene un lugar que ofrecerles, no sabe cómo ni dónde hacerlo; el universo es básicamente una cuadra habilitada para animales de carga, la obra de un enfermo mental donde sólo son bien recibidos los mediocres, las bestias, los parásitos y las alimañas. Y es así, a lo largo de ese aprendizaje, cómo los plazos van expirando y la frustración acumulándose. Ninguna esperanza, sólo un horizonte colectivo que se extiende tan lejos como miremos. Muy cerca del final, uno decide que es mejor negociar. Haga lo que haga, la realidad va a perseverar en su naturaleza más obscena. El hecho es que por cada artífice singular habrá siempre diez, cien millones de saqueadores anónimos. Y no se conoce potencia creativa capaz de subvenir a esa clase de reparto. El compromiso o la locura, he ahí la alternativa; quizá también la impostura. De modo que uno se incorpora, retoma su lugar y retoma su papel, incluso literalmente. Uno regresa a sus comienzos, vuelve a celebrarlos con la devoción aún intacta de quien acaba de ingresar en un grupo de privilegio, sólo que ahora miente, porque mentir es también una forma, la única, de negociar con ellos.

Guardó silencio, dando a entender, ahora sí, que esperaba respuesta. No se la di, me limité a alzar el brazo para llamar al camarero, o al menos, pensé hacerlo en algún momento. Deben comprender: toda aquella elocuencia, adiestrada para referirse a sí mismo como quien dicta los términos de un alarde matemático, y tan despiadada como la ilación de un teorema… Lo cierto es que empezaba a incomodarme que fragmentos de diálogos entablados en ocasiones anteriores acudiesen de repente a mi memoria con una nitidez inesperada. Esa incomodidad mostraba un doble aspecto: dado su carácter vehemente, carecía de lógica haber olvidado los encuentros en que se produjeron; sin duda, estábamos ante un acto premeditado, en cuyo caso y considerando el esfuerzo de voluntad necesario para lograrlo, la razón de su vuelta al presente debía de ser por lo menos igual de extremada. El hecho es que yo no sabía nada sobre esa razón ni sobre sus causas.

Aunque, por otra parte, ¿cómo no olvidar a alguien semejante? Uno tiende a protegerse de ciertas magnificaciones, con mayor motivo cuando quien nos las plantea representa un ejemplo de desmesura. Uno rehúye esa clase de ideas y a sus propaladores. Los seres humanos somos frívolos, superficiales; la vida es apenas un estado de ánimo en constante evolución. El pensamiento, por el contrario, se complace en probarse sobre la realidad y en modificarla, las nociones en que se sustancia aspiran a permanecer inmutables, todas sus energías se conjuran para materializarse. A la larga, vida y pensamiento son conceptos irreconciliables, se excluyen mutuamente, aunque mutuamente se utilizan para lograr sus objetivos. Un hombre que vive su tiempo con plenitud no tiene motivos para pensar; por eso mismo, un hombre que piensa sólo encuentra motivos para despreciar la vida.

—… y en todo caso, nada de esto es importante ni afecta a los hechos —continúo, acallando mis propios pensamientos—. Y los hechos, ya le dije, fueron que recibí una invitación, y que la acepté.

—¿Qué… qué invitación?

—Un correo electrónico, los treinta y seis… Ya sabe…

© 2014, jotamml

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…