libro de la pausa

15 Ene

la trampa

   —Trastorno de identidad disociativo, diría yo. Probablemente causado por abusos sexuales durante la infancia.
   —¿De quién?
   —Eso no importa… o sí, pero sólo a los efectos de su trato con terceros. Es decir, condicionará todas sus relaciones sociales, en especial aquellas que establezca con hombres de carácter superior, y que ella, secretamente, identificará como responsables de su desgracia; y cuando digo ella, me refiero a una de sus personalidades…
   —¿Carácter superior?…
   —Mera proyección del daño sufrido… Por regla general, esa clase de abusos se dan por parte de alguien dotado de autoridad en el seno familiar. Si se une cariño y confianza, las secuelas son terribles. La víctima, en su etapa adulta, percibirá esos rasgos como una amenaza letal, y actuará en consecuencia, tratando de humillar tanto privada como públicamente a su poseedor. El resultado es una incapacidad absoluta para establecer vínculos emocionales satisfactorios con interlocutores de su nivel, digamos, intelectual. Antes al contrario, buscará compañía entre gente vulgar, donde se sabe a salvo, pero donde igualmente languidece en una especie de escombrera vital. De ahí la necesidad de construir personalidades antagónicas: una, vengativa, violenta, cruel, una especie de guerrera espartana dispuesta a destruir lo que sea que la otra, sensible, confiada y terriblemente dañada en su momento, se atreva a intentar alguna vez. Una guerrera que reclama para sí la condición de protectora y justiciera, y que es capaz de cualquier cosa con tal de impedir que la violencia y la infamia sufridas por la niña a la que ha jurado defender vuelvan a repetirse, incluso si para ello tiene que encerrarla de por vida.
   —Un poco dramático, Gregorio…
   —En absoluto. No estoy hablando de un espectáculo circense, algo por el estilo al Dc. Jekyll y Mr. Hyde. En estos asuntos, la gente imagina terrores góticos, excesos, crisis, majaderías por el estilo. Todo es más sutil, y por regla general, indetectable, excepto cuando aparece el interlocutor adecuado, lo que, dicho sea de paso, tratándose de alguien inteligente, se produce rara vez. Hasta tanto, en la vida diaria, puede afirmarse que su conducta cabe de lleno entre la normalidad, y una normalidad ejemplar en muchas facetas. Eso mismo es también una señal de inteligencia.
   —No veo la relación.
   —Bueno, las respuestas de un determinado individuo ante situaciones extremas pueden ser múltiples, pero no creo equivocarme si supongo que serán más complejas, más elaboradas y más creíbles cuanto mayor sea su inteligencia. Lo fácil, también lo más común, es reaccionar violentamente, con inadaptación, con autodestrucción. A alguien con recursos intelectuales de sobra le es dado, sin embargo, encontrar salidas mucho más refinadas, de modo que su encaje social resulte no sólo completo, sino también exitoso. A tal punto exitoso, me atrevería a decir, que ni ella misma es consciente de lo que hace, todo con tal de no volver a sentirse expuesta jamás a una experiencia semejante.
   —Pero esa persona tiene que darse cuenta, en algún momento…
   —Sin duda. La guerrera siempre en guardia, la parte protectora, a veces decae; su verdadero yo, el que sufrió los abusos durante la infancia, pero que aún alberga deseos de vivir plenamente, surge entonces, aprovecha la oportunidad y trata de construir algo… Estamos hablando de una personalidad y un espíritu admirables, alguien con una capacidad de amar tan desmedida como para echar a volar pese a los brutales estigmas que debilitan su cuerpo y a la falta total de experiencia… A la guerrera, en cambio, todo eso ni le importa ni puede tolerarlo, de modo que, apenas toma conciencia de lo que está ocurriendo, interviene y lo echa por tierra.
   —No parece un desenlace muy optimista.
   —No lo es. Si huir de una trampa ajena ya resulta difícil, imagina hacerlo de una que hemos creado nosotros mismos para nosotros mismos. En realidad, la única solución es el crimen.
   —¡Gregorio, por los dioses!
   —El crimen, sí, pero no el que crees. Aquí sencillamente se trata de que la personalidad dañada asesine de una vez a la personalidad protectora. Entenderás que lo contrario no es posible: sería un suicidio, puesto que la personalidad protectora es una ficción, no puede existir sin la primera.
   —¿Pero se podrá intervenir? Quiero decir, ¿cabe alguna clase de ayuda?
Gregorio nos miró sin vernos, como siempre; luego bajó la mirada y cruzó los brazos sobre el pecho.
   —No lo creo: estoy hablando de la clase de crimen que uno debe cometer ineludiblemente por su propia mano: cualquier injerencia externa sería vista como una nueva agresión. Si la parte dañada no tiene el coraje suficiente para hacerlo, tampoco tendrá el coraje necesario para poder vivir en libertad. En ese caso, no se pierde nada que no se hubiese perdido ya en aquel fatídico momento de su infancia.
Gregorio cerró los ojos unos instantes. Es probable que, como de costumbre, tuviese razón, aunque por su tono de voz hubiésemos jurado que esta vez deseaba estar completamente equivocado.

© jotamml, libro de la pausa

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…