la otra, la misma

02 May

la otra, la misma

(usurpación de identidad…)

Leemos una nota de prensa sobre el asombroso caso de una mujer en edad  contable que se hizo pasar por su hermana gemela. Decimos asombroso porque concurren extremos fuera de toda lógica formal. Uno de los más relevantes, que la suplantación solía producirse a costa del novio de su hermana, aprovechando discusiones previas habidas entre la pareja, momentos de distanciamiento que la fementida utilizaba para interpretar la reconciliación, disolver la bronca y restaurar la intimidad.

Esto es grave, nos parece, porque degrada los vínculos sexuales, su esencia, o al menos la esencia de la condición femenina, su celebrada exclusividad. Es decir, tras consumar los reencuentros sin apreciar discordancias, una vez conocido el fraude, ¿qué posibilidades tiene el novio de sobreponerse a la impostura y rehacer su vida cuando le ha sido revelado un arcano metafísico estremecedor, a saber, que dado un cuerpo igual, todas las mujeres se muestran también iguales en lo demás?

Conocer de propia mano que los verdaderos rasgos diferenciales radican en el físico, en los volúmenes, en su pujanza o en su flacidez, acaba por disolver el juicio de cualquier observador. Del mismo modo, aquel que se ha visto incapaz de discriminar entre una y su hermana en asuntos de tanta trascendencia emocional está condenado a dar por ridículo el dictamen clásico de que la belleza reside en el interior, mera palabrería, propia de mirones y teóricos sin experiencia probada en la materia.

¿Debe este novio entonces abominar del eterno femenino dantesco, de la palurda dueña cervantina, de las mamandurrias de pachas mamas, diosas alimenticias y otras gordas fértiles del género tradicional? ¿Cuál ha de ser, en adelante, su estrategia reproductiva, su ética coital? ¿Acaso no le conviene abrazar el donjuanismo más recalcitrante, el diletantismo más feroz, el glorioso culto a la forma y a sus concupiscencias tras ser víctima de una traición cuyas consecuencias lo desbordan?

¿Debe este novio ultrajado resarcirse del fraude entregándose a la cópula indistinta, o debe mantenerse fiel al goce solitario como terapia de rehabilitación y refugio de valientes? ¿Acaso no podemos compartir su oscura desazón cada vez que cierra los ojos ante nuevas interlocutoras y confirma que su lógica recién adquirida se extiende insobornable desde lo particular a lo general, que sin mediar distracción óptica toda hembra se le representa igual, todas sus dilaciones son una y la misma?

¿Debe este novio abochornado variar el objetivo y tentar los abrazos uránicos, crédulo en que la amistad masculina es siempre de mejor condición que cualquier lance de serrallo o torpe alivio en el hogar? ¿Procede la abstinencia o interesa la sublimación a través de los demás sentidos? ¿Acaso no cobran nuevo crédito en su inteligencia las altas palabras del loco alemán para quien todo elemento de carga estrogenada percibe al macho de la especie como un medio y al hijo como un fin?

¿Debe, en fin, este novio virtualmente flagelado darse al vértigo y a la molicie intelectual o debe reflexionar sobre lo sucedido, componer una novela de trama sutil en torno a su experiencia y darla a la imprenta como aviso para los de su género y otros simpatizantes sin clasificar? ¿Acaso, de lograr éxito editorial en el empeño, su difusión numerosa no contribuiría a la mutua inteligencia de los sexos, recortando las falsas expectativas que el profano se hace al respecto de estos asuntos venéreos?

La propuesta no es mera extravagancia. Existen antecedentes, composiciones con lustre clásico cuyo argumento, aunque traído a la inversa, se complace en narrar las correrías amorosas de un propio, ya con méritos, ya con ambiciones. Invariablemente, tras el acopio de experiencias, el propio accede a la definitiva, a la perfecta, a la diosa; e invariablemente, algún lance inopinado le impide consumar la escena, dejando, en el lector feliz, cierto regusto a monserga de curanganato y oenegé social.

Vayan estas breves reflexiones al calor de todo el asunto, visto que el hecho reseñado, por notable o fuera de criterio que nos parezca, ha de ser leído sin prejuicios. Falta, sin duda, un análisis en contra, y es que el novio en cuestión, más que víctima de lo sucedido, fuese ejemplo de tonto completo, tonto abisal o tonto a mayores, siendo el agravio consecuencia de su condición y no de las maniobras de su burladora. Pero eso es un tema literariamente más vulgar, o menos culto, nos parece.

© 2014, jmml

Tags: , , , , , ,

One Response

  1. wanser dice:

    miserable machista

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.

josé mª menéndez

porque leer es un arte…