la gorda del anuncio, el femenino sindicato y la nueva sexualidad

24 Mar

Grecia, siglo II a.c. Las tres graciasde lo que viene siendo

la gorda del anuncio, el femenino sindicato y la nueva sexualidad

Se sabe ahora que una gorda de toda la vida es una mujer de silueta ancha, una mujer baja es una mujer con un hándicap vertical y una mujer con lorzas y celulitis es otra mujer con un hándicap, pero horizontal. La lengua es lo que tiene cuando se la trabaja con voluntad, que se estira y se amolda.

Viene la cosa de un anuncio televisivo. Una modelo con cuerpo de junco se cimbrea ante el espectador. Cuando el espectador se pone las gafas, la modelo gana nitidez y veinte kilos. Una ficción menor, casi infantil, que el femenino sindicato ha tomado por depravación y por crueldad mental.

Fuera del notable error de concepto (poco va a vender la idea de una óptica que engrasa las imágenes por demás), importa el asunto, la trama argumental. Hacemos aquí por abundar al respecto, viendo el modo de espigar entre el sebo y el magro, al menos de rescatar alguna proteína esencial.

Dice el femenino sindicato que no todas las mujeres tienen la talla de la modelo en sazón, y no por eso son peores. Dice también que el anuncio las describe como meros objetos de placer. Dice que se perpetúan estereotipos mezquinos sobre el sexo, que discrimina, que ofende y desprecia.

El femenino sindicato no habla de ahora, sino que predica de siempre. Estima que las mujeres obesas deben de resultar tan deseables al varón como esas otras de pechos africanos y belleza de alto lupanar. Cree que las desigualdades volumétricas han de someterse a los designios del contrato social.

En consecuencia, el femenino sindicato retuerce la lengua para enmendar las conductas, piensa con ingenuidad que el modo de decir configura la forma de ser, de ahí que se ocupe en afeminar el idioma con jerga de novicia postconciliar. Que no toda ruina física tiene por qué serlo también verbal.

Estas técnicas reeducativas del femenino sindicato no son inocentes. Pasar de ser una gorda a secas, sin diagnosticar, a sufrir el gravoso hándicap horizontal es un logro notable. Se accede de facto al mundo diverso del cursillo subvencionado, del seguimiento, la ayuda estatal y la multiformidad.

botticelli - las tres gracias

Un cursillo es un negocio indescifrable de suma cero que consiste en enseñar al que no sabe aquello que no le importa con la sana intención de pasar el rato. El cursillo se cobra caro y lo pagan otros, todo lo cual conviene para financiar al femenino sindicato y a sus tenidas propedéuticas.

Es durante el transcurso de esas tenidas que las handicapadas horizontalmente son instruidas en el nuevo orden sexual y en los derechos que conlleva. Se habla allí de identidad, de paridad, de homogeneidad. Se minimiza la ley de gravedad, tan pregonada, el falocentrismo, tan venido abajo.

Si sobra tiempo, se encarece la relatividad y el gineceo. Si no hay recursos, se echa mano de la barricada sin sostén, también de la meada suasoria de pie y sobre el problema, ya sea en la calle o en el parlamento. Viene en mérito la algarada en pelota, a teta vista pero con olor corporal notorio.

A ratos, se trabaja el orgullo hormonal, la secreción, el empoderamiento uterino. Se insiste en el nosotras esto, nosotras aquello, mientras se tilda de pijas venales a las de índice de masa corporal bajo. Una corriente transversal postula reclamar la deuda histórica referida al orgasmo femenino.

En algún furor climatérico se exige que las mujeres con sobrecarga tengan derecho a convocar erecciones masculinas, al menos el mismo derecho que cualquier otro ejemplar de su género con volumen de espiga, y que ese derecho sea parte innegociable de su condición hormonal transitiva.

Esto es grave, nos parece: se empieza por regular el gusto y se termina por meterle un corcho al catador. Y así las cosas, vamos a terminar deteniendo a un fulano por no entrar en modo trempante ante la visión horrísona de una de estas enormes matronas, entreabiertas en pose lúbrica o así.

Lo propio si el tipo no manifiesta igual satisfacción y afanes que cuando anda en tratos con una moza esbelta, de esas de cuerpo espiritual y talle fugitivo. Hablaríamos entonces de un caso claro de abominable discriminación machista, una falta de empatía volumétrica, ciertamente ilícito penal.

rubens - las tres graciasPuestos a peor, el femenino sindicato, asumida la propiedad íntegra de los estímulos, puede terminar reivindicando la gestión de sus derivados, legislando que ningún hombre se ponga en bravo fuera de cuadro. “Nosotras lo levantamos, nosotras lo exprimimos”, vendría a ser el burdo eslogan.

En ésas, cabe el establecimiento de una tasa orgásmica, de modo que si un varón está por propiciarle cinco eretismos a su compañera copulativa, deberá fiscalmente retenerle uno y un poco (el 21 % a la sazón), ingresarlo en la cosa pública y celebrar que ésta lo redistribuya según proceda.

Otro tanto con la gestión de excedentes, siendo que un mozo boyante en fluidos y con la hidráulica en apogeo venga obligado a satisfacer según demanda, lejos del gusto y fuera de ganas, que de afectos ni hablamos, pues se impone aquí el derecho gordo colectivo sobre la codicia del particular.

Ya para el menudeo quedaría la tasa de galanterías: “ninguna lorza sin estímulo”, “todas necesitamos, todas recibimos”, “porque yo lo valgo dame lo mío y así”, “come y disfruta que la ley de igualdad se ocupa”…; fraseos varios al objeto de legislar la nueva sexualidad emergente.

Una sexualidad donde, no lo olvidemos, toda mujer lastrada por el sobrepeso es una víctima, una enferma cuyos excesos digestivos son el resultado de siglos de falocracia que la inflaman y la agotan. Y es por eso que nuestra heroína necesita menos una dieta que una ley de memoria venérea.

El femenino sindicato, ya hemos dicho, trabaja un poco aquí y un poco allá, hoy el idioma, mañana las costumbres. Tanto afán, no imaginamos en qué extremos puede derivar: ¿la retención de líquidos y el colesterol como derechos?, ¿la venus de Willendorf, el barrilete como icono sexual?

Antonio Cánova - Las tres gracias¿Se impondrá la gestión pública de los coitos caseros? ¿Conviene al varón trempante redistribuir sus alzamientos entre el género graso sin distinción? ¿Será la nueva mujer acreedora a una cuota fija de tratamientos fálicos y otros orales con independencia de su capacidad para suscitarlos?

¿Veremos una caja pública de coitos? ¿Un albergue sexual? ¿Un impuesto erótico sobre las más delgadas? ¿Habrá expropiaciones orgásmicas, control de eyaculación, tasas al látex, al vibrador, a la lencería fina, a la mayonesa light? ¿Se gravará el onanismo por antisocial e insolidario?

Como siempre, nos tememos, lo peor está por llegar. Cuando una sociedad le dice a un obeso que no está gordo, que lo que tiene es un cuerpo hospitalario, se acerca el final. Roma cayó por menos: allí, para entretenerse, se les ocurrió divinizar al emperador. Pensaron que no se lo iba a creer.

© 2014, jotamml

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3 Responses

  1. Anabella J dice:

    Me encanta. Queda claro que jotamml domina el arte del “estiramiento y del amolde” de las palabras.

  2. Juan Rodriguez dice:

    muy interesante. Recomiendo su lectura

  3. pedrol dice:

    Pues anda que me he reído…

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…