La escritura infinita
Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno.
J. L. Borges, La Biblioteca de Babel
La red (que otros llaman la nube) es redundante; se compone de un número impreciso de pares de cobre y cables de fibra óptica, conectados entre sí y con el resto mediante puestos de control, donde equipos informáticos normalizados, aunque de muy diversa capacidad de proceso, verifican los protocolos y cierran los circuitos. En cada puesto, un individuo o varios participan libremente: algunos sólo miran o se asoman, otros ejercen funciones que van de la mera vigilancia, pasando por el filtrado de datos, hasta llegar, señalados por la excelencia, a la creación e introducción de contenidos. Desde cualquiera de esos puestos es factible comunicar con sus equivalentes, en cualquier momento, a cualquier distancia, sin más criterio que la curiosidad o el deseo, y sin que las sesiones así establecidas deban circunscribirse a un grupo de interlocutores o transcurrir en un intervalo de tiempo prefijado. Los enlaces no son unívocos, pueden desarrollarse a través de pares y fibras diferentes, procurando que ello no minore su eficacia ni modifique los resultados. La combinatoria predice que la cantidad máxima de esos enlaces tiende a limitarse, pero en la práctica y para todo valor real, nadie ha podido demostrarlo, tampoco proponer un modelo matemático lo suficientemente estable donde ensayar esa u otra conjetura. Sin duda, el hecho de quea cada instante se activen nuevas líneas de superior capacidad y nuevos puestos de control se asocien a ellas vinculándolas con las ya existentes convierte al sistema en un organismo antes que en un artefacto. Ahora bien, todo organismo evoluciona: la permuta entre sus elementos y sus interacciones con el medio lo estimulan a hacerlo. Los primeros signos de cambio, sucesos erráticos o inexplicables, surgieron tan pronto se liberó el diseño original. Lejos de moderarse, su crecimiento se volvió aleatorio, luego caótico. Unos pocos predijeron el colapso; el resto los desoyó o permaneció indiferente. La superestructura no daba señales de interferir en los principios básicos de funcionamiento, de modo que su regulación fue desestimada. Así parece suceder ahora. Pero yo no lo creo. Yo afirmo que la red ha interiorizado las leyes de su propio diseño, que posee conciencia, y que esa conciencia junto con su voluntad nos determinan. Yo afirmo que languidecemos al margen de los innumerables procesos que gestiona, y que pronto apenas si recordaremos haberla creado: seremos como líneas de código aisladas en alguna base de datos, errores de programa vanamente aferrados a la posibilidad de una nueva compilación, sin más destino ni esperanza que permanecer callados, a salvo.
La red es un ingenio moderno, su tiempo se computa en décadas. Propagarse, diversificar contenidos, procesarlos o respaldarlos, integran funciones sustantivas de su desarrollo. La velocidad con que esas funciones se verifican no permite dictar normas ni modificar las existentes. No se concibe un cuerpo físico sobre el que legislar, ni un espacio, no existe un individuo al que hacer responsable. La red es libre porque no podemos alcanzarla: su avance es geométrico, pero nuestras cautelas son lineales. A esa progresión contribuyen las bases de su lógica interna, maravillosamente precisas, siempre iguales a sí mismas e iguales a sus comienzos. Yo desprecié esos comienzos; vi en ellos el reclamo de una moda superflua, plagada de alardes y de inútil propaganda. Su carácter virtual y la ausencia de objetivos me persuadieron. Pronto la consideré una asamblea de idiotas febriles, de perturbados, dominada por la vulgaridad y conjurados sus miembros en celebrar toda clase de excesos. Supongo que estaba en lo cierto. Pero la razón es apenas poco más que eso, un constructo mental incapaz de explicar el origen de las emociones ni de prevenir sus consecuencias; tener razón, confiarse únicamente a esa parte del discurso, vale tanto como confiarse al resultado numérico de un problema, muy lejos aún de los instrumentos de cálculo que nos permiten resolverlo. Tener razón y desearla son signos de misantropía. Sé que entonces la correspondencia entre el aumento de usuarios y el género creciente de su degradación respaldó mi criterio; pero de igual modo debo confesar ahora que mi conducta fue miserable, y que deseaba el fracaso de cualquier iniciativa al respecto como un niño desea la ruina del juego al que ha acudido demasiado tarde, en el que no participa ni contempla un método eficaz para incorporarse o suspenderlo.
la escritura infinita (fragmento)
© 2011, jmml


