verá que…

24 May

—… la vida no difiere gran cosa del estudio de los insectos: basta apartarse de ella mínimamente, para sentir hacia el mundo y sus representaciones lo mismo que el hombre sentado junto a un hormiguero siente hacia el espectáculo que se le muestra. Y basta que ese hombre decida entrometerse cruzando una rama o una hoja en uno de los caminos abiertos, para que no tarde en declararse el caos sobre la escena. ¿Se le ocurre que pueda darse alguna otra consecuencia?

Como supuse, la pregunta no esperaba respuesta por mi parte. Dio un rápido sorbo al café y agregó:

—Hasta en la servidumbre extrema se requiere cierta capacidad de maniobra. Es plausible entonces imaginarse a una de esas hormigas transfigurada, con el cerebro al borde del colapso, porque un objeto surge desde la nada para desbaratar su tarea. Tal vez logre sobreponerse y elaborar una interpretación satisfactoria de los hechos. Tal vez considere que es preciso divulgarla y convocar adeptos; y tal vez, a su manera y entre los márgenes pequeños de su naturaleza, lo consiga… Un ser insignificante, un suceso extraordinario: el instinto vacila y la máquina racional se pone en marcha. Digamos que la noción de voluntad ha sido revelada. En el futuro, quizá sea posible vivir sin someterse a ese afán colectivo que normaliza la existencia… La idea resulta tan tentadora como lo es en la infancia el primer acto de desobediencia. ¿Recuerda?: miedo a elegir, miedo a perder, miedo a no soportar la incertidumbre… Pero el miedo es una emoción individual, es la primera forma de propiedad que se ofrece a la conciencia; antes sólo existía el tedio. Ahora bien, lo que en la estima de nuestra protagonista puede necesitar de una vida para consolidarse, a los ojos del espectador entrometido se resolverá en minutos. Seamos prácticos: se trata solamente de hormigas; ni siquiera las mejores entre ellas lograrán hacer ver al resto cuál sea su condición o a qué clase de destino se las condena. Obedecen a ciegas: no hay lugar para el cambio, los excesos no se toleran…

Calló unos instantes, aunque me pareció como si siguiera moviendo los labios en silencio: pensé si me ocultaba partes de su discurso, o si mis propios pensamientos las solapaban.

—… y así —continuó—, desde lo profundo de la especie, en el aliento unánime de sus iguales, el rencor se apresta mientras vela armas. Un código no escrito convoca a la matanza. Pronto, el horror sobreviene. El exterminio, que es cíclico e indiferente, esta vez es minucioso, pues son las propias víctimas quienes se han significado. Al final, tras un intervalo de limpieza, la costumbre regresa. La ficción del bien común vuelve a guiar las figuras sobre el escenario. Un tenue rastro en la tierra, sólo visible desde lo alto, sugiere todavía lo que muy pronto será proscrito o tergiversado. El orden inicial cobra fuerzas; el mundo muestra ahora su rostro más ordinario, su gesto plano: nadie es, de modo que nadie desea.

Dejó ir la mirada sobre la mesa; entonces terminó el café y terminó la idea:

—Véalo de esta manera: no entendemos nada, no sabemos nada: jugamos a un juego que nos contiene y nos supera; y cuando todo se derrumba o nos arrastra con la furia de un torrente, culpamos a un poder oscuro que se complace en manipularnos desde el primero de los hombres y desde el inicio de los tiempos. Un pretexto razonable, pero naturalmente ingenuo. La realidad o lo que sea que la proyecta en el entorno nos impone sus reglas sin preocuparse por nuestras aptitudes ni por nuestros sueños. Bastaría con mirarse al espejo para desvelar la farsa. Pero no lo hacemos, preferimos seguir creyendo, porque fuera de eso, sin fe ni esperanza, la mayoría de nosotros no existimos. Y seríamos como esas hormigas si supieran, si pudieran verse con otro concepto del tiempo y a cierta distancia de su mundo pequeño.

(libro de la pausa, fragmento)

 


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josé mª menéndez

porque leer es un arte…