olvide que…

24 May

habitación vacía—… uno debe ser fiel a su propia naturaleza —recordé, aunque todavía débilmente—. Creo…, usted mismo dijo…

—Sí, supongo que entonces lo dije…, y supongo que con igual convicción con que ahora le diría que todo afán de esa especie es semejante al desplegado por un insecto, y que el entusiasmo que genera sirve igual como placebo que permite sobrellevar el esfuerzo a quienes lo realizan que como bálsamo para reprimir la crueldad de aquellos que lo contemplan. Vea el hormiguero de que hablamos: consumada la injerencia, cuanto mayor sea el caos promovido y más aparatoso resulte el espectáculo, menores son las posibilidades de que todo termine pisoteado. En otras palabras, si la interpretación es lo suficientemente desgarrada, cabe indultar a los protagonistas hasta la próxima escena. Uno acaba asumiendo eso, que no importa en absoluto la calidad de la obra que representa, sino sólo el grado de humillación que está dispuesto a tolerar con tal de ser tenido en cuenta. Uno siente entonces que la rabia y el dolor se multiplican; incluso las ideas nacen a sabiendas de su destino en el barro; ya no se ama, y la imaginación accede a un lugar turbio donde cualquier proyecto se reviste con la estética del desaliento. Como cabría esperar, uno se venga, o lo intenta. Después, cuando descubre que tampoco le será dado ese consuelo, uno empieza a buscar fuera de sí, lejos de lo que es o ahogándose en ello. Por descontado que fracasará de nuevo: los pocos rebeldes capaces de ver más allá que el resto vagan eternamente entre los espejismos de la belleza mientras tratan de dominar sus miedos; sueñan la perfección y se desangran por ella, pero la perfección es precisamente eso, un sueño, y el universo no tolera la existencia de mundos paralelos, no asigna recursos a sus creadores, no tiene un lugar que ofrecerles, no sabe cómo ni dónde hacerlo; el universo es básicamente una cuadra habilitada para animales de carga, la obra de un enfermo mental donde sólo son bien recibidos los mediocres, las bestias, los parásitos y las alimañas. Y es así, a lo largo de ese aprendizaje, cómo los plazos van expirando y la frustración acumulándose. Ninguna esperanza, sólo un horizonte colectivo que se extiende tan lejos como miremos. Muy cerca del final, uno decide que es mejor negociar. Haga lo que haga, la realidad va a perseverar en su naturaleza más obscena. El hecho es que por cada artífice singular habrá siempre diez, cien millones de saqueadores anónimos. Y no se conoce potencia creativa capaz de subvenir a esa clase de reparto. El compromiso o la locura, he ahí la alternativa; quizá también la impostura. De modo que uno se incorpora, retoma su lugar y retoma su papel, incluso literalmente. Uno regresa a sus comienzos, vuelve a celebrarlos con la devoción aún intacta de quien acaba de ingresar en un grupo de privilegio, sólo que ahora miente, porque mentir es también una forma, la única, de negociar con ellos.

(libro de la pausa, fragmento)

 


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josé mª menéndez

porque leer es un arte…