de lo que viene  siendo

08 Oct

Fellatio coffee

Se sabe ahora que, en Suiza, tierra de purés y quesos blandos, han inaugurado una taberna alternativa donde galanamente te destilan un capuchino lo mismo que te pulen los bajos. El local es moderno con ínfulas, aseado, cerámica de diseño y suelos de imitación madera con aspecto cálido. Uno entra, se sienta, pide un café y un sobado, y entre que te sirven y te cobran, una robot se desliza por debajo de la mesa, te endereza el bálano y te practica una succión con doble de espuma y música de antro.

La succión es canónica, sin entrometer diente, como corresponde a la pericia de la aborigen cibernética, muy al contrario que aquí, en la meseta, donde la más recatada clava el incisivo hasta la médula. La robot no es que sea alta ni de conversación ni mayormente esbelta: opera con el programa cerrado, con la intensidad graduable y con dos o tres opciones de tamaño y alcance. Son diez minutos de libación y redoble: si el cliente no se viene en tiempo, la robot repite el ciclo hasta entregar la obra.

La higiene es miscelánea, según el gusto de calvinistas, ateos y gente de feria. La robot incorpora bocado desechable, de manera que uno tiene la seguridad de ser succionado con asepsia, sin caries ni restos del desayuno de alguien. El peor escenario que se contempla es un calambre, con gripaje de la mandíbula y atrapamiento del estandarte. Para tales casos, el fabricante ha provisto un botón de pánico. La maniobra evasiva es tan sencilla como pulsarlo y reclamar al servicio técnico si hubiere daños.
Si uno se aficiona, uno puede repetir con la misma robot siempre que quiera y venga ella libre de carga. La dirección entiende que el cliente pueda sentirse más cómodo tras haberse familiarizado con esta o aquella empleada metálica. Pero tales relaciones se sospechan pasajeras, visto que el mérito del asunto radica en la silicona y en el programa, en sus algoritmos más que en el trabajo de chapa. Confían en ello para reducir los tiempos de espera por ocupación, rebose o sobrecalentamiento de máquina.

Como cabe suponer, el negocio ha suscitado polémica. La autoridad, el regulador y lo otro que sea, si bien no encuentran pegas en el marco legal, demoran la cuestión debatiendo sobre si cabe aplicar plan de riesgos laborales, si se impone penosidad o si rige garantía europea. En la calle, entre sindicatos y asociaciones feministas, la oposición es férrea. Los primeros alegan que el negocio echa del mercado a trabajadoras bien calificadas; las segundas, que se cosifica a la mujer, que se la desempodera.

La empresa guarda silencio. Bradley Charvet, su impulsor y ceo, ya lo intentó antes con personal humano y hubo de dar marcha atrás por falta de convenio regulador y otros enjuagues legales. En Suiza, es legítimo alquilar el cuerpo como fregatriz, mamporrera o incluso madre, pero se infringe la ley en cuanto a los servicios orales y a las descargas discretas. Para Bradley, que las profesionales del ramo no tengan cabida en su negocio, se debe sólo a la demagogia sindical, no a su interés contable.

El ideario feminista destila por otros cauces. Miren Larrazábal, sexóloga, presidenta de la Sociedad Internacional de Especialistas en Sexología (Sisex), lamenta que se trate de meros «servicios donde no hay ningún tipo de emoción ni apego». La deposición de Miren es admirable y sentida, pero igualmente orgánica: conduce al absurdo de empatizar emocionalmente con todo aquel que nos asiste en la satisfacción de un instinto, tanto da que nos cocine un lechazo o que nos ponga la razón al aire.

La Fundación para la Responsabilidad Robótica (Frr), que promueve el diseño y la política responsable de los androides en la sociedad globalizada, denuncia que «se alteran las reglas del consentimiento sexual y se profundiza en la idea de la mujer objeto». Lo que es tanto como decir que el placer masculino debe permanecer a discreción de las féminas, de su capricho, de su codicia o de sus sueños. Una reformulación moderna y sibilina del secular pasar por el aro o quedarse a dos velas.

Organizaciones como Campaña contra los Robots Sexuales (Crs) han ido más allá y han presentado una petición al Parlamento Europeo, alertando sobre los peligros de la normalización de los androides y las muñecas sexuales: «Estos productos promueven la cultura de objetivación del cuerpo femenino. Además, el uso de los mismos no ayuda a las personas a desarrollar sus propias habilidades», advierten sus autoras en un grueso informe, repleto de diagramas, líneas del tiempo y fotos en primer plano.

Cabría preguntarse qué significa objetivar el cuerpo femenino, quién decide cuáles son las habilidades propias en subdesarrollo, y cómo cabe ejercitarlas de otro modo que no sea sometiéndolas a valoraciones de parte. Al amparo de cualquier lugar fuera de lo políticamente correcto, uno podría pensar que las activistas de Crs temen más por un recorte de sus privilegios y subvenciones institucionales que por la dramática disminución de hombres interesados en cortejarlas según dictaminan sus reglas.

Douglas Hines, primer accionista y delegado de True Companion, una de las empresas que diseña y fabrica las robots de Fellatio Coffee, no teme significarse cuando se declara radicalmente en contra de las alarmas lanzadas por sus detractoras. A su juicio, la gestión inteligente de estos aparatos «ayuda a que las necesidades y fantasías de sus usuarios cobren vida, incluso entre grupos hasta ahora desatendidos (enfermos mentales, violadores, chusma tarada), y todo ello sin sufrir efectos indeseados».

Por lo demás, Douglas se muestra abierto a cualquier crítica o sugerencia que permita a sus ingenieros evolucionar en los diseños. «Por supuesto que no siempre acertamos —confiesa—. Llevamos a cabo un trabajo donde el método de ensayo y error es la clave. Pero intentamos ofrecer soluciones, nunca replicar problemas. Puede que nuestras creaciones no posean emociones auténticas, pero tampoco las proyectan en forma de estrés, ansiedad, dolor de cabeza o conductas erráticas y contradictorias.»

Una de esas creaciones, la gama alta de su catálogo, es una robot multitarea de cincuenta kilos y uno sesenta, tan capaz de hacer la succión como de cerrar la boca. Douglas  asegura que este nuevo ejemplar es superior y completo. Posee piel natural, pulso, conversación de nivel intelectual ajustable, movimiento, alegría y curva de aprendizaje. Quiere decirse que la robot interactúa con los gustos de su dueño, con su carácter, se comporta con arreglo a ellos y lo satisface con tanta exclusividad como celo.

Por descontado que ni la Frr ni la Crs están de acuerdo, y la Sisex, menos. Voces autorizadas consideran todo el asunto una burla y una nueva agresión contra su sexo. Afirman que quienes se dejan tentar por esta clase de engendros viscosos sólo revelan su ineptitud para la seducción y la entrega. Creen que se privilegia al género masculino permitiéndole hacer lo que quiera con su cuerpo. No comprenden cómo ninguno de esos aparatos incorpora al menos una función para decir “no” a sus dueños.

Desde el feminismo radical llaman a reeducar al varón conforme a la idea de que sus pulsiones sexuales no pueden considerarse un derecho al albur del mercado. Los polímeros semiorgánicos lubricados no son aceptables. El autoabastecimiento masculino representa una amenaza letal contra la causa del empoderamiento y la ideología de género. Es preciso visibilizar el fenómeno, estigmatizarlo ante el resto. En ningún caso cabe tolerar su generalización ni mucho menos la venta libre por correo.

Los incondicionales del Fellatio Coffe y de la mujer biónica no dan crédito a tanta hipocresía. Es conocido que el hombre moderno hace tiempo que luchó y perdió esa misma guerra. Las mujeres llevan beneficiándose de voluminosos consoladores durante décadas, sin que por ello ningún varón haya montado en asociación ni menos en cólera. Hoy, muchos de esos artefactos son copias evolucionadas de los atributos de reconocidos actores, también gente del lumpen y especialistas del bombeo extremo.

En su momento, ¿quién iba a atreverse a competir en pie de igualdad con la turgencia, el volumen y el alcance de semejantes rivales?, ¿qué cabía oponer frente a modelos de triple cabeza motorizada, velocidad ajustable, movimiento helicoidal y depósito calefactado? La derrota fue aplastante, no cabe duda, pero también una oportunidad para liberarse de antiguas dependencias. Por otra parte, cuando un hombre decae y agacha la cabeza, busca remedio en la farmacia, no en una subvención o en una cuota.

Douglas Hines no niega las dificultades de encaje social que sus actividades conllevan, aunque minimiza las consecuencias. «Se nos exige más respeto por la realidad, pero sólo en nuestros productos dirigidos al público masculino. El buen sexo es en gran medida un lugar de fantasía. Ponerle límites supone despojarlo de gran parte de su atractivo. El varón razonablemente dotado, si no puede competir, aprende, se adapta y colabora. La mujer debería empezar a plantearse la posibilidad de hacer otro tanto.»

«Instarnos a fabricar una robot que diga no tres de cada cuatro veces es tan absurdo como fabricar un consolador que se venga abajo a mitad de faena. ¿Quién iba a querer comprar eso? Algún museo de despropósitos hidráulicos o a algún coleccionista excéntrico… La petición es tan disparatada, que sólo puedo pensar en una broma. Nosotros no pretendemos arreglar nada ni a nadie ahí afuera, nosotros nos limitamos a construir réplicas que están siempre dispuestas, que no molestan y que funcionan.»

Douglas no lo dice, pero su tono y su indiferencia lo dejan claro: en el aspecto emotivo, en lo que atañe al carácter y la entrega, cree que sus robots son muy superiores a sus referentes humanos. En sus departamentos de diseño, se trabaja sin descanso para perfeccionar los acabados y la experiencia final del producto sin afectar a su comportamiento. Caben aún ciertas mejoras en la movilidad aleatoria, ajustes del tacto, la voz, el aliento, detalles menores cuya afinación sólo depende de la evolución técnica.

Douglas parece no albergar la menor duda sobre las expectativas del negocio que representa. Su línea de juguetes femeninos se fundó y creció bajo el lema: «lo que una mujer espera de un hombre, sin el hombre». Cada centímetro de sus populares vibradores fue concebido y modelado con arreglo a esa feliz idea libertaria. El mismo principio se aplica ahora en sus líneas de fabricación de una robot sensual y amigable: «dar al hombre aquello que desea de ellas, sin pagar el precio que ellas desean».

El debate ya no tiene enmienda. Un café con servicio de extracción y un fabricante de abarrotes femeninos y muñecas de ensueño amenazan con demoler el statu quo del sexo que conocemos. True Companion y otras empresas del ramo compiten por ofrecer compañeras electrónicas bajo demanda, a medida y a coste cierto. La hembra biónica, imputrescible, voluptuosa y con apenas mantenimiento, pronto será tan común como lo fue un consolador de goma y tan económica como lo es un electrodoméstico.

El futuro nos ofrece un escenario excitante en lo que se refiere a la satisfacción venérea, libre de los roces de pareja. No creemos que haya nada moral o inmoral en ello. La ciencia no entiende de prejuicios burgueses. Si se puede hacer, se hará, se está haciendo. Quizá convenga adaptarse antes de que el fenómeno se transforme en marea. La historia acostumbra a ser eso: un montón de tipos vociferantes, torpemente reunidos ante la inminencia de un terremoto, conjurados para exigirle que permanezca quieto.

Con ánimo de no extendernos, dejamos a la inteligencia del lector feliz recrear su propia interpretación de los hechos. Es probable que, como nosotros, quiera visitar el origen de todo ello. Para ahorrarle el viaje o por entretener la espera, bien podemos regresar al principio: en Ginebra, sobre el arco que da acceso a la barra del Fellatio Coffee, a mano siniestra, puede leerse esta cuarteta: «Chupe, chupe, señor cura, / que fuente que mana clara / no ha de servir sino para / mantener el alma pura».

© 2018, josé mª menéndez

N de A.: Pese a lo que pudiera parecer, tanto los hechos como sus protagonistas son reales. Los entrecomillados son fieles a sus autores. Sólo en lo que respecta a Douglas Hines, nos hemos permitido algunas licencias. La cuarteta de cierre es original de Álvaro Valderas.

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…