el eterno masculino, las despedidas de soltera y el gang bang dominguero

13 Ene


Serge Marshennikov - óleode lo que viene siendo

el eterno masculino, las despedidas de soltera y el gang bang dominguero

Se sabe ahora que el eterno femenino ha salido de cuadro. Los hombres hemos caminado desde la dulcinea medieval, mantecosa y discreta, hasta la adoratriz romántica, más lánguida y poco hecha. Venimos hoy en la asténica posmoderna, tan dispuesta para el sexo como panadera en su práctica.

El eterno femenino, si se mira con distancia, revela antes un catálogo de aberraciones masculinas que de virtudes femeninas. No es digna una imagen mental de la otra que se complace dibujándola ausente de razón, ofrecida cuando interesada, trastornada por un chorreo variable de hormonas.

Otra cosa es si se mira con malicia, que entonces el eterno femenino gana idea de conjura; deja de ser reservorio de pajilleros y se resuelve en trama religiosa, una ofrenda sacrificial donde las víctimas compiten por ser las mejores pregonando como doctrina justamente aquello que las degrada.

Quiere decirse que el eterno femenino, con ser una ficción masculina, viene sostenido por la voluntad femenina. Ahora bien, la voluntad femenina consiste en exigir a los hombres que amen a las mujeres por su interior mientras ellas se ocupan a tiempo entero de revocarse la fachada hasta la ceja.

Sucede hoy, en esta época de gineceo y hembrismo, que el eterno femenino ha quedado para la arqueología, siendo que se pregona un nuevo icono, el eterno masculino, que es igual pero a la contra, a saber, lo que las mujeres sueñan que deben de ser los hombres, o lo que quieren que sean.

Si el curioso pretende ilustrarse sobre el paradigma emergente, no tiene más que acudir a una despedida de soltera o a un local de citas para separadas. Y así, donde el eterno masculino pregonó a la nínfula de mirada acuosa y edad delictiva, el eterno femenino se desvive por el gañán ciclado.

Igual en el atuendo. De la cobertura y la opacidad en que se complacieron nuestros antepasados en sus trovas medievales, viene ahora el mujerío a lubricar el hiato con maromos en tanga frisona, con relleno paquetero o con apalancamiento de bálano, todo en calvo, con tableta aceitada y al dente.

Tiene su predicamento el guapito de cara, que es como apaisado, hecho en tendón y tejido conjuntivo, con barriga quieta y facciones de lavabo. Si el tipo es sensible o lo finge, su calidad icónica se multiplica. Si es necio, se le endosa alguna pena que lo explique. Si viejo, se le celebra experiencia.

Mayormente, el eterno masculino trabaja mucho lo implícito y lo ocasional. En éstas, el bigardo soñado por la adoratriz moderna domina el postureo con ternez y la implicación sin agresividad. El lector o la lectriz pueden ilustrarse recobrando algún engendro de telenovela meridional latina.

En el ropaje, el eterno masculino padece toda suerte de ahorcamientos, ya sea por la tanga sobredicha, por el tiro justo de los pantalones o por la abundancia de sisas en la chaqueta. Por fortuna y para respiro del relicario viril, una secta vintage ha recuperado el calzón mariano y su hechura ventilada.

En cuestión de coitos y otros alardes, el eterno masculino exige originalidad ninguna, y ha venido a empezar justo donde el eterno femenino se había quedado, es decir, en el frotamiento y la majadería. Género de práctica vulgar que sólo obtiene placer de la humillación, la enculada y el tortazo.

Es así que de la virgen medieval, del ama decimonónica, de la diosa ochentera y de la anoréxica de pasarela, venimos hoy al otro sexo para encontrarnos al mastuerzo urbano, un castigador flácido cuyas perfomances incorporan el latigazo, la asfixia, el bofetón inopinado y el dedo en el ojo sin avisar.

Lo mismo con las perversiones, de modo que el eterno femenino sueña ahora con un tumulto de tipos patilludos, un bombeo doble de fin semana, de a tres o de a cinco; fantasía cuyos antecedentes es difícil ubicar, aunque sin duda existe una clara influencia del cine porno checo de posguerra.

Siendo un subgénero tardío, el eterno masculino visita el plagio. Ha reconvertido la despedida de soltero y las putas en la despedida de soltera y los boys. Los boys son unos homúnculos que sacuden el merengue por la cara de las clientas, todo entre agudas voces californianas, bragas caídas y felaciones.

No se libra el mundo literario. Del polvo serán más polvo enamorado, pasamos a trilogías rechonchas de trama grasa, escritas a mano ayudada por gordas americanas cuyo enorme nalgatorio les impide cualquier gimnasia sexual que no sea la del tostón sensible y el viaje en carguero por el mediterráneo.

Como con el eterno femenino, esto no dice mucho del ideal y sí de sus hacedoras. Uno no puede menos de espantarse cuando el mujerío acude a celebrar en tropa los desequilibrios mentales de un nuevo príncipe gris que trata de remedar al divino marqués, si bien al estilo zoquete pretencioso poligonero.

Toda esta novedad del eterno masculino ha servido para revelar un hecho menos sorprendente que descorazonador, y es que si los hombres entonces fuimos idiotas pensando en idealizar a las mujeres, la materialización por parte de éstas de su propio imaginario viril ha venido a darnos la razón.

Ahora bien, la razón es un argumento insignificante en la actualidad. Fieles a la tradición galante que nos distingue, los hombres estamos obligados a perseverar en nuestros defectos para poder seguir creyendo que las mujeres no tienen los suyos. O eso, o regresar a la reproducción por esporas.

© 2014, jotamml

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One Response

  1. Pereda dice:

    “Como con el eterno femenino, esto no dice mucho del ideal y sí de sus hacedoras.”

    Esa es la cuestión.

    Cuando yo empecé en la universidad, hace muchos años, recuerdo que los de la tuna pasaban de vez en cuando por las clases buscando estudiantes varones. “¡Mujeres en la tuna no!”, advertían, porque siempre había alguna que quería apuntarse. A mí no me gustaba la valla, pero era una prohibición justa. ¿Se podría imaginar cosa más ridícula, imitación más servil y más grotesca que una señorita con gregüescos copiando como una mona a los estudiantes? ¿Qué pensaban hacer, rondar a otras chicas? ¿Cantar bajo el balcón de los chicos para que se asomaran al balcón… en qué… en marianos, marcando paquete?

    Que yo sepa, el acceso masivo de mujeres a la universidad no supuso innovación alguna en esto. En el siglo XXI, por fin, se descubrió la solución: la tuna de chicas, o sea, la imitación más arrastrada, más cursi y menos imaginativa que se pueda concebir:

    http://www.malagahoy.es/article/malaga/1637434/la/primera/tuna/femenina.html

    Las veo y me dan lástima. Probes.

    Con los espectáculos de boys pasa lo mismo. Son una paupérrima imitación de los espectáculos pensados no sé si por hombres o por mujeres, pero en todo caso por personas que realmente entienden las diferencias entre hombres y mujeres (seres cada vez más raros, gente políticamente incorrecta). En un show de señoritas para hombres predominan la alegría, la ligereza, la fantasía. Ni rastro de la desesperación y del patetismo que hay en las fiestas de boys, donde todo es forzado y como mecánico.

    Otra vez la lástima.

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…