el amor y los perros

14 Oct

el amor y los perros

Se sabe ahora que un perro, cuando ve a su amo, segrega las mismas sustancias químicas que un ser humano cuando se enamora. Esto es grave, nos parece, aunque no está claro si lo es para los perros o lo es para los humanos, para el amor romántico, se entiende, su trascendencia y derivadas.

El amor romántico, que es un invento masculino, como todos los inventos amables y democráticos, se basa en establecer afinidades sobre principios no del todo claros, tales como el olor, el aspecto, la ocasión, la imaginación, la digestión, el estado de ánimo o la pujanza volumétrica.

El amor romántico, que se asemeja mucho al espíritu navideño en sus inicios, aunque deriva a la ingle y sus aledaños en intenciones, tiene raíces alemanas, entre salchichas y bollos, y británicas, entre pudin y riñones, todo lo cual lo hace altamente sospechoso de estreñimiento y flato.

El amor romántico tiene también previos italianos: lo anunció el Dante, con su Beatriz divina, aunque se guardó bien de consumarlo. Los alemanes, que nunca han entendido nada, yacieron con sus beatrices, unas frisonas rubias y gordas de grandes pechos descolgados, y lo equivocaron todo.

Otrosí los ingleses, a quienes el clima y las indigestiones han deparado tan buena literatura como peor criterio, dándose el caso lamentable de que los versos más alados fueran a recaer sobre las dueñas menos favorecidas, con las cuales también yacieron o ebriamente lo intentaron.

El amor romántico, un estado de exaltación emocional muy similar al retraso o al delirio, viene informando las relaciones de pareja durante los dos últimos siglos y amenaza, en el presente, con regir también las afinidades económicas, los desarreglos educativos y las querencias de la bolsa.

En consecuencia, la reciente equiparación científica de oxitocinas caninas y oxitocinas humanas sitúa el amor romántico en una nueva perspectiva, desde la que no vemos claro si el coito es cosa de perros o perrear es cosa de humanos, mezclándose todo de manera poco higiénica y muy alarmante.

El amor romántico debe, pues, reinventarse, o reformularse: no es presentable que una hembra de la especie, con estudios superiores y vestida en sugerencias, venga a darse a su pareja en iguales términos que una collie resollante a la vista de su dueño, con igual dengue de babas y lamidas.

Por lo mismo, un varón de mérito ha de evitar ofrecerse a la propia con semejantes aspavientos, a culo visto, exento de pantalones o caídos éstos de la manera más penosa, lejos del aliño estético que tan buenos resultados vino dando durante los siglos del racionalismo y sus perfidias.

Hemos dicho que el amor romántico es un invento masculino, como que masculino es convertir debilidad en arte, pasando, por ejemplo, a considerar gastronomía lo que interesa a la fisiología, política al crimen organizado o cultura a las secreciones de cualquier enfermedad bizarra.

De ordinario, los inventos masculinos o son geométricos y relajantes, como la rueda o el orinal, o son exculpatorios e intangibles, como los sacramentos o las tabernas. El amor romántico apunta a los segundos, y persigue la redención de un acto tan incierto como la cópula y sus aledaños.

Un hombre abochornado tras comprobar con quién ha compartido el lecho esa noche no es un hombre socialmente usable ni productivo, de manera que el amor romántico y el matrimonio conspiran para cerrar el prostíbulo y racionar la taberna, haciendo las veces y evacuando los humores.

Ciertamente que el prostíbulo y la taberna no se ha resentido, pues son negocios respetables, sin apalancamiento, de valor cierto ambos, donde, lejos de intervención fiscal alguna, los actores respetan los términos del contrato en mayor medida que con otros intercambios de lustre sacro y romano.

La ciencia, sin embargo, no ha hecho caso a esta realidad sobrevenida, y ha dado a la luz lo dicho, una reseña urgente sobre oxitocinas y otras hormonas, que pone en pie de igualdad el amor romántico y los perros domingueros, con bufanda, correa, tarjeta de vacunas y nombre bisílabo.

No es aventurado preguntarse si esta revelación canina marcará una nueva era sin amor o con amor propio, amor onánico, dijéramos. Eso junto con un renovado culto al prostíbulo y a la taberna, siendo que las putas y el vino es de lo poco que el hombre superior echa de menos llegada su hora.

© 2014, jotamml

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…