cuentos de otros

23 Jun

adriaen van ostade - el maestro de escuelacuento de una novela (fragmento)

La escuela huele a leña seca; las tablas del suelo, grises durante el invierno, parecen reverdecer de pronto, brillantes en las zonas de paso. Es abril, el primer día, la primera semana. El maestro está sentado en su mesa mientras espera; como de costumbre, tiene un libro abierto entre las manos. Las risas infantiles y el latido de la madera bajo las pisadas alcanzan la tarima y lo envuelven como un aura. Los niños se apresuran entre los pupitres, estorbándose para ocupar sus puestos. El maestro finge severidad mientras observa, feliz en su interior, cómo se va apaciguando el alboroto que inicia la jornada.

Quedan sitios libres ahora: la clase ha perdido alumnos, entre los mayores sobre todo. Ésos ya no volverán ni serán relevados por los que vengan de fuera, tampoco tres de los pequeños. El maestro se obliga a contar uno por uno los huecos vacíos, lo hace despacio, como si fueran heridas abiertas en su propio cuerpo: siente el aire frío pasar y demorarse a través de ellas, escucha sus voces todavía, dice sus nombres, los recuerda a todos. No se lamenta, no cree tener ese derecho: en realidad, el lugar nunca ha estado en disputa, las bajas han sido muy pocas comparadas con las sufridas por otros pueblos.

El maestro se incorpora: su triste figura no inspira gran cosa, pero su voz grave y un poco lejana llega a los niños amortiguada, como la de un gigante bueno. «Sabrán que anteayer terminó la guerra… ―dice sin esperar respuesta―. Muchos creen que fue inevitable.» Camina despacio hasta el fondo, luego regresa: ese ir y venir lo ayuda a dotar de ritmo a las frases: «Ustedes pueden pensar así, como el resto…, pueden pensar que toda conflagración, incluso la más despiadada, acaba tarde o temprano, que apenas si representa un breve intervalo de locura en el transcurso de un viaje mucho más largo».

«Pueden pensar eso, o pueden pensar lo contrario: que es la paz lo que menos valoramos, que es la paz que empiezan a conocer ahora la que dura tanto como un sueño, cruzará por sus vidas con la voracidad del fuego, y para cuando quieran darse cuenta de cuál es su verdadero valor, se encontrarán con las manos crispadas sobre un arma apuntando a otros que pretenden arrebatársela porque también ellos temen perderla y creen que son ustedes quienes se la niegan.» El maestro escoge las palabras, se diría que las cuenta; ya nadie del pueblo va desafiar su crédito, pero nunca está de más la prudencia.

«Véanlo así: la guerra, incluso la que se nos impone para defendernos, es siempre un negocio pésimo: en términos absolutos, ninguno ganamos nunca nada con ella. Todo hombre que ha sufrido sus efectos comprende eso; pero por alguna razón, llegado el momento, muy pocos son capaces de llevar su rechazo hasta el extremo. Entre ustedes, también discuten a menudo, se pelean ahí afuera; yo intervengo y los separo aun a sabiendas de que se citan para más tarde. Está en su naturaleza, como está en mi deber buscar el remedio.» El maestro se detiene al fondo; los niños se giran para escucharlo.

«Lo intentaré ahora: lejos de la costumbre, quiero mostrarles otra manera de combatir y otro adversario con quien hacerlo. Si lo desean, tómenlo como un juego, con la única diferencia de que no habrá dos bandos, sólo uno y sólo un jugador en cada prueba: ustedes contra ustedes mismos. Las reglas son sencillas: consiste en que hagan hoy un esfuerzo por mejorar al niño que se sentó ayer en su pupitre, intenten superarlo al menos una vez; no importa la materia, bastará con que el desafío se lleve a efecto. Verán que un pequeño propósito cada día, al final de curso, puede reportarnos un gran resultado.»

El maestro improvisa, aunque lleva tiempo aguardando este momento. Hoy es una ocasión tan buena como cualquiera. «Pues claro que hay un plan, tiene que haberlo», recuerda. Él nunca siguió ese método, no de un modo exhaustivo: prefería dejarse llevar, mezclar el tiempo de las explicaciones con el de las preguntas, ir de un lado para otro sin más objeto que mantener la atención en alerta, un modo de enseñar que bien podía iniciarse con el relato de Empédocles arrojándose al Etna, para seguir con las leyes físicas que rigen los planetas o el primer hombre que logró descifrar los secretos del vuelo.

«En la competición a la que me refiero, el enemigo es nuestra ignorancia; las armas son la lectura, el cálculo, el esfuerzo; el objetivo, tratar de entender cuanto nos rodea. Hablo, claro es, de lo que a mí concierne; por su parte, las opciones son infinitas: usted ―y golpea con el dorso de la mano el pupitre de uno de los niños―, usted puede mejorar su habilidad en el dibujo, puede fascinarnos…; usted pone donde quiere la pelota ―otro niño, dos filas más adelante―: trate de aplicar ese don aquí, busque el modo fácil, igual que hace ahí afuera…; usted… ―otro más―, usted es feliz: haga de eso un emblema.»

«Usted ―el maestro se detiene junto a la primera mesa; el niño que imaginó la farsa no se mueve―, usted es bueno fabulando. Un don memorable si se esfuerza lo bastante en refinarlo: el corazón necesita tanto de la fantasía como el lenguaje de la metáfora… Vean entonces ―y sube a la tarima― que mi propuesta trae consigo ventajas: una, que rara vez se sufre o se inflige daño al practicarla; otra, que el botín obtenido se vuelve permanente, nadie intentará arrebatárselo porque para nadie será útil excepto para ustedes; el resto pueden figurárselo según la disciplina que les guste o en la que destacan.

El maestro hace un alto mientras reflexiona. Quizá esté por demás la apuesta. Es improbable que los muchachos lleguen a ponerla en práctica o la entiendan: muchos son niños y el resto desearían estar fuera, ayudando a sus padres o lejos de allí, en la ciudad de la que oyen hablar tan a menudo. Él solo no va ganar ni ésta ni ninguna otra guerra: su trabajo se configura igual que el de quien se esmera construyendo estancias de un edificio cuyo destino final ignora. Un edificio que le excede en el tiempo y en la idea. Enseñar es renunciar más allá de toda esperanza. Enseñar es una prueba de fe extrema.

«En lo que a mí respecta, puedo señalarles fechas, sucesos, algunos métodos de cálculo, ejemplos… No crean que con eso es suficiente: se trata de herramientas, y ninguna vale nada si ustedes no abrazan el deseo de vencerse un poco cada día. Básicamente, mi trabajo consiste en mostrarles que es posible construir por uno mismo sin necesidad de dañar a otros o humillarlos. Ustedes saben que los árboles más hermosos, también los más duraderos, acostumbran a crecer en campo abierto. Véanse a sí mismos de esa manera, como un gran campo abierto que se propone albergar el árbol más bello.

«El conocimiento de uno mismo y de cuanto lo rodea es el único patrimonio que un hombre puede acumular sin temor a avergonzarse, es lícito bajo cualquier punto de vista y en cualquier circunstancia. El conocimiento es el goce del alma como la curiosidad su instinto. Traten de guiarse por ese sencillo principio y llegarán a ser felices en la medida en que ese estado es posible. Háganlo así cada día de sus vidas, y si bien es cierto que sufrirán numerosos desengaños por causa de ello, también lo es que llegarán al final con la seguridad de que ha valido la pena, de que hicieron, en su mayor parte, lo correcto.»

© 2015, jotamml

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josé mª menéndez

porque leer es un arte…