retablo impío

04 Jun

(cartoné, 10×16 cm., 96 páginas, edición coleccionista, papel estucado, portada a color, cuché plastificado brillo; cubierta e ilustraciones interiores de jorge gonzález villanueva)

colección: http://www.dip-badajoz.es/publicaciones

nueva edición a la venta:

nueva edición en papel
nueva edición electrónica

«… Para desquitarse de la mojama suiza y de los espantosos cuentos del fulano Lekoud, Wilde emprende viaje por la ribera mediterránea, donde la diversidad de la marinería hace sus delicias. En La Napoule, sobre la arena ardiente de las playas, frecuenta a los pescadores, a los escolares tardíos, a toda suerte de pupilos; en la tolerante Niza se interesa por el politeísmo: «He conocido a tres muchachos, divinos como estatuas de bronce antiguas, de formas perfectas»; aquí seduce a un luterano de mirada lánguida; allá alterna con un efebo moreno de camiseta ceñida y nalgas prietas; en Cannes y al atardecer, vive un romance crepuscular con un mozo de carruajes que gasta perilla; una semana después, se consagra a la herejía y se beneficia a un cátaro. Peripecias de tal guisa parecen reconfortarlo y aplacar, al menos en superficie, el nefasto sentimiento de culpa que lo persigue. Franco el camino de la perfección y rendido a sus encantos, se traslada a Italia. Palermo, la primera de las etapas, se le brinda en abril, entre naranjos floridos y los frescos de Monreale. Quiere la casualidad, visitando iglesias y museos, ganarlo para la irreverencia: así, lúcido como un verdugo, acomete a un seminarista por más señas quinceañero, lo aparta de la muchedumbre (operaba de guía en un santuario), y le roba un beso furtivo amparado en el trascoro. Encendido por la experiencia, regresa al día siguiente y reproduce la escena: esta vez un confesonario es testigo del encuentro: bajo las bóvedas múltiples del templo, acogidos en la tibieza de maderas centenarias, los labios alterados del dramaturgo y de su pareja imberbe se cruzan sin reserva; ambos se cabalgan hasta el éxtasis, se rinden al deseo: nunca aquel tabernáculo de indigencias oyera tales gemidos ni viera tales caricias devastando su silencio, nunca fue más lícito su uso ni más útil su existencia. La casa de todos es, debe ser también la casa y el lecho de los cuerpos: quienes sacrifican al espíritu y reniegan del sexo erigen sepulcros de piedra, los habitan, están muertos. Es licencia del artista profanarlos, es su destino, su consuelo.

Wilde sale de aquella mística cópula transfigurado, rebosante de ilusiones y de proyectos. En Nápoles, su siguiente escala, permaneció tres días interrogando los bajos fondos y recobrando amistades pasadas. «Me he enamorado de un dios del mar —confiesa a Robert Ross—, un dios que, por error, no se halla sobre las olas junto a Tritón, sino en la real escuela naval.» Ajeno a lo prosaico del lugar, Wilde conduce a su nuevo acompañante de capilla en capilla, de iglesia en iglesia; lo instruye en las cimas del arte clásico y en las epopeyas del amor uránico; persuadido, el dios del mar le muestra el tridente y sus abalorios; febril, Wilde los sopesa y los agasaja; los dos intuyen lo fugaz de su compañía y mutuamente, ávidamente se poseen bajo los iconos perplejos, ante figuras policromadas y absurdas que vigilan desde sus pedestales inmóviles el abrazo de la carne: los retablos, las sacristías, las altas columnas prolongadas, los artesonados y los frescos, las criptas, las mentirosas imágenes, los falsos sobredorados, todo un universo de arte sacro se conmueve frente a dos seres enloquecidos por el goce, ebrios de pasión y desenfreno. El placer rebosa, y Wilde, que conoce que ni la belleza ni el entusiasmo perduran, abandona a su enamorado tras un encuentro frenético, desnudo y dormido sobre el lecho, como una frágil talla de alabastro, lo abandona entre las sábanas desordenadas, prepara su equipaje y se encamina hacia Roma. Viaja por la noche. Llega un jueves santo. León XIII lo recibirá en audiencia. El genial libertino no puede por menos de maravillarse ante el fasto católico. La figura del pontífice lo aturde, lo embelesa: dos mil años sustentan el baldaquín de su trono, hitos de barbarie, de cultura, el esplendor de la miseria. Ambos cruzan palabras clandestinas, ambos se envidian, se aborrecen, se desprecian. El vicario del cristo lo amonesta, le augura terribles sufrimientos, lo emplaza a la obediencia; Wilde desoye al gran impostor, sonríe y acaso comenta: «¡Qué hermosas son vuestras sortijas, eminencia, qué digna farsa, qué recobrada Babilonia, qué formidable comedia!». En adelante, uno a otro desenmascarados, los dos se prodigan bendiciones y paradojas, los dos se respetan, los dos comparten la insensata, dolorosa lucidez de la inteligencia.

Vivificado por el aliento papal, Wilde se interna por los callejones de la ciudad eterna. Armando, Homero, Darío, Filippo, Pietro Brancadoro…, jóvenes cuyos nombres le evocan pasadas glorias de coraje, lírica, leyenda, jóvenes cuyos cuerpos espigados se ciñen al suyo en fugaces abrazos, van desgranando su rosario de idólatra, van saciando su sed transgresora, mitigan su culpa, su miedo, su perenne caída. Indiferentes, los museos vaticanos acogen las correrías del ya otoñal esteta y de sus discípulos: los frescos de la Capilla Sixtina, los amplios corredores exornados de estatuas y reliquias, las estancias iluminadas por Rafael, un vago aroma a incienso y gálico envuelven y atestiguan sus visitas, sus caricias prodigadas en recodos, en escaleras fastuosas, ocultos tras los densos cortinajes de oro rojo, seda y amable terciopelo. Una tarde cualquiera la aventura culmina en sacrificio: Wilde, bendito, poseído, acude a los jardines vaticanos: dioses griegos de formas aladas, bronces y ciudades milenarias pueblan sus pensamientos e incendian su memoria: el paraíso, la Sodoma prohibida, por alguna oscura razón está abierta, no hay centinelas a su entrada. El mártir pagano, el príncipe de los gentiles transpone la frontera, accede a los jardines y profana sus misterios, sus tristes bosques, sus fúnebres senderos; los pavos reales despliegan sus colas y saludan al intruso con chillidos reverentes; luces de tragedia guían sus pasos por entre la fronda desatada; durante una hora todo es silencio, flores entreabiertas en los parterres y en los setos, cálida brisa susurrante, obsesión, fragancia de la tierra mojada. Al cabo, al pie de unos cipreses, junto a la sala de los Borgia, un joven sacristán yace recostado; Wilde lo divisa, se acerca, lo tienta. La conversación brota sin malicia: no hay sorpresa, no hay recelo, el destino acecha. Los dos caminan, comentan la lujuriante belleza, hablan de ilusiones, de arte, de naturaleza. Bajo un olmo atezado se detienen, se besan: todo está dicho y todo prospera: insaciable, Wilde despoja a su pareja del cíngulo, arrebata sus hábitos: codiciosos, entreverados, los cuerpos ruedan sobre la hierba; el placer renace: hacía mucho tiempo que su presencia no inflamaba los jardines del papa. Lánguida, admirada, la tarde se cierne, la luna llena vierte rayos de nácar, céfiro se acalla. Paz, piedad para dos almas exhaustas, entregadas.

Aquella memorable ocurrencia es también la última: vencido por la sífilis, roto el corazón del poeta, arrojado en público a la hez del populacho, Wilde regresa a París: el descenso a los infiernos cesa. Sólo lo sostienen los recuerdos, alguna charla, limosnas. Habla pero no se escucha: quien sedujera a las muchedumbres desde los escenarios no encuentra consuelo, no se tiene, no se ama. «Uno de nosotros debe irse», sentencia desde el lecho, mirando con fijeza el horrible papel que reviste su cuarto. Ya no volverá a levantarse. En la mañana del treinta de noviembre de mil novecientos, muere. No ha escrito una línea después de cumplir la condena…»

retablo impío, fragmento

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.

josé mª menéndez

porque leer es un arte…