memoria del odio

04 Jun

(rústica, 15×21 cm., 92 páginas, papel ahuesado, cubierta a color, cuché plastificado brillo; portada e ilustraciones interiores de jesús anta vara sobre fotografías de marce rodríguez yebra)

a la venta en:

edición en papel
edición electrónica

«…Las órdenes fueron obedecidas: se planificó la estrategia y se dispusieron los medios. En días sucesivos, decenas de emisarios salieron a caballo para divulgar la noticia. Eran soldados, los mejores jinetes, los más audaces, pero su oscura embajada los precedió, y en ninguna parte del territorio lograron beneficio. Llamaron a las puertas de los magos y de los hechiceros: primero, los tentaron con oro a cambio de su ciencia; más tarde, amenazaron con vengarse de quienes rehusaran. La mayoría escuchaban la oferta y se alejaban tras oponer su ignorancia; quienes aceptaban, intimidados o por la fuerza, huían durante el viaje, o desaparecían antes de emprenderlo, sin que nadie supiese dar cuenta de sus razones ni de su paradero.

Infatigables, los soldados cruzaron las montañas y acudieron a otros reinos. Visitaron cuevas habitadas por dioses cincelados en piedra; vivieron entre ellos, apelaron a su juicio y recibieron el desprecio por respuesta. Hubo quien se obligó a frecuentar a los eruditos y a escucharlos: pero regresó al palacio sin más resultado que un diario indescifrable. Hubo quien, siguiendo misteriosas indicaciones, llegó hasta las columnas de pórfido que franquean el oráculo de todo conocimiento, traspuso el umbral y suplicó ayuda: pero el silencio y la palidez de los mármoles consumieron su paciencia. Muchos fueron asesinados, robadas sus armas y monturas y abandonados sus cadáveres en los despeñaderos, en los caminos, en los bosques. Algunos desertaron, otros se extraviaron y enloquecieron sin rumbo; el resto, ya de vuelta, no pudo sino certificar el alcance de su derrota.

Ajeno a aquel afán numeroso, confinado en la penumbra de sus habitaciones, el príncipe se dejaba ir sin oponer resistencia. No hablaba, rechazaba la compañía, los alimentos; se limitaba a caminar de un lado para otro durante la vigilia, inmerso en una áspera melancolía o violado el sueño por las pesadillas cuando el cansancio lo vencía. Sus movimientos carecían de vida, sus pasos eran imperfectos, sus facciones esbozaban gestos sin que ninguna lógica los vinculase. En ocasiones, asomaba a sus ojos un brillo pálido, el arranque de una sonrisa: pero inmediatamente retrocedía, descendía hasta los labios y los curvaba: entonces su boca se abría y pronunciaba una carcajada, una y otra y otra vez, inaudible, una gran carcajada que acababa contrayéndose sobre sí misma, hasta doler, hasta gritar de dolor y también en silencio, como el cuerpo pequeño de un niño desnudo y golpeado.

Desde la antecámara, el chambelán y el médico se turnaban para vigilarlo. Presenciaban los ataques sabiéndose impotentes, los veían agravarse y hacer crisis cuando la extenuación enervaba el cuerpo del príncipe y lo arrojaba contra el suelo; sólo entonces acudían a incorporarlo, lo depositaban en el lecho y retornaban a sus puestos sabiendo que a cada día transcurrido sobrevenía una nueva quiebra en su carácter y un augurio de la próxima, el hecho cierto y fatal de que su capacidad de amar se iba pudriendo poco a poco, de que sus sentimientos y sus afectos se morían.

Cada vez que el senescal acudía a interesarse, los guardias apostados junto a la puerta denunciaban su presencia con el ruido marcial de las alabardas; entraba y permanecía allí, oculto entre las sombras, sin articular palabra; su curiosidad era extraña, sus ademanes parecían revestidos de un desapego macizo y frío, como una presencia de hierro; sus manos se mostraban siempre entrelazadas. Luego se marchaba. Nadie más venía a ofrecer un atisbo de esperanza, nadie la encontraba, nadie sabía.»

memoria del odio, fragmento

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.

josé mª menéndez

porque leer es un arte…